Ciudad de México

¿Qué papel juega la empatía en el contexto de violencia que se vive en nuestro país?

Coloquialmente hablamos de la empatía en términos intuitivos: “ponerte en los zapatos de otra persona”. En realidad, no sabemos cómo definirla de forma precisa; no sabemos en qué momentos surge y, tampoco sabemos cómo mantenerla en el tiempo. Sin embargo, es común leer o escuchar a gente que exige o demanda que las personas sean empáticas, o que elabora un diagnóstico de la realidad cuya solución es que “seamos más empáticas entre nosotras”. Como si la empatía fuera un sentimiento, una emoción, o una perspectiva que se suscita por mera invocación.

En los últimos años se ha discutido qué suscita la empatía y si ésta es necesaria o suficiente para solucionar conflictos sociales. Por ejemplo Richard Rorty, aunque no hable explícitamente de empatía sino de solidaridad, menciona que se necesitan dos elementos para entender el sufrimiento de las demás con el fin de que esta comprensión nos lleve a la acción: en primer lugar, es necesaria una proximidad física, un espacio común en el cual la distancia impida evadir experiencias compartidas; en segundo lugar, se necesita también un lenguaje común, una serie de significados compartidos cuya función sea definir la realidad, y lo que en ella sucede, de forma colectiva.

Si seguimos la propuesta de Rorty, entonces es necesario reconocer que la forma en la que se ordena el espacio y la manera en que se estructura y desarrolla un lenguaje compartido no son arbitrarias. Estos dos ámbitos de la existencia humana pueden ser moldeados histórica, cultural y socialmente. En su libro Injustice. The Social Basis of Obedience and Revolt, el sociólogo Barrington Moore Jr., se enfoca en este punto para explicarnos cómo a lo largo de la historia diferentes sociedades han elaborado mecanismos que permiten tolerar el sufrimiento y, en consecuencia, reprimen o impiden deliberadamente la rebelión o la insubordinación. De esta manera, Moore delinea una de las condiciones necesarias para que sectores sociales se organicen en contra de la autoridad: la empatía entre individuos. Para sostener esta afirmación, Moore recurre a uno de los más famosos experimentos de psicología social que se llevaron a cabo en la época que escribió su libro (1978).

El experimento, planeado y organizado por el psicólogo Stanley Milgram, tenía como fin probar hasta qué punto los seres humanos eran capaces de recibir órdenes y cuándo eran capaces de desobedecer a la autoridad. Después de una diversa selección de sujetos, las personas que participaban en el experimento eran llevadas a un cuarto con un ventanal. Del otro lado había un actor o actriz profesional   acostado en una cama y conectado a una máquina que administraba electroshocks si éste respondía de forma incorrecta ciertas preguntas. Todo era un ejercicio de ficción; la máquina era falsa y la persona conectada era un actor o actriz profesional.

El aspecto central del experimento era que la falsa máquina de electroshocks tenía varios botones ordenados de forma ascendente según la intensidad del choque que recibiría la persona en el otro cuarto. Frente al sujeto del experimento -es decir, quien supuestamente controlaba la máquina de electroshocks- estaba la autoridad: el doctor ataviado con una bata blanca que le ordenaba al sujeto que administrara electroshocks más fuertes de forma progresiva. Es importante detallar que el doctor les comunicaba a los sujetos que los choques no dejarían un daño permanente y que, al final del experimento, al sujeto se le explicaba que todo era un montaje.

Uno de los hallazgos más importantes del experimento fue la posibilidad de identificar en qué condiciones las personas seguían órdenes y bajo cuáles no. Si había una mayor proximidad entre el sujeto del experimento y la víctima (a veces el experimento variaba para que ambos estuvieran en el mismo cuarto y no separados por una pared) aumentaban los casos de desobediencia; de igual forma, si había más de un sujeto operando la máquina también aumentaban los casos en que ambos sujetos podían hacerle frente a la autoridad (es decir, al doctor que conducía el experimento) y decidir ya no administrar electroshocks después de cierta intensidad.

Este experimento fue realizado hace ya casi cincuenta años y es probable que sus hallazgos hayan sido refinados o incluso combatidos por otros experimentos. Lo que nos interesa de este ejemplo es mostrar que existen determinadas condiciones espaciales y sociales y, por lo tanto, culturales que fomentan o impiden el reconocimiento del sufrimiento ajeno y la posibilidad de actuar en consecuencia. Si trasladamos el experimento de Milgram a un plano social y cultural, no es descabellado afirmar que dichas condiciones pueden ser establecidas mediante la coacción explícita y unilateral del Estado o mediante consenso, es decir, a través procedimientos supuestamente democráticos.

La sociedad mexicana lleva atrapada en una guerra interna desde el año 2006. Hay ciertos sectores que están atrapados, de forma literal, entre la violencia institucionalizada del ejército y la policía y el crimen organizado. En el peor de los casos, están atrapados por la complicidad entre todos esos actores. Otro sector de la sociedad mexicana está atrapado en el conflicto de forma simbólica. Aunque no viva la violencia de forma directa, lleva más de una década viviendo en compañía de una narrativa bélica que busca justificar, desde las instituciones del Estado, la muerte de sus connacionales. Ambas formas de acorralamiento, la real y la simbólica, coexisten en el mismo espacio y en el mismo tiempo.

Las consecuencias de esta guerra han sido miles de personas muertas y desaparecidas. No buscamos minimizar las muertes y pérdidas humanas concretas en la geografía y en la historia. Sin embargo, no podemos dejar de señalar que este prolongado contexto bélico también ha producido un fenómeno que es imprescindible estudiar a fondo y con toda la seriedad posible: la normalización del contexto bélico, de las víctimas producidas por él y, por lo tanto, la erosión sistemática de la empatía y solidaridad entre connacionales. Como lo demostró el experimento de Milgram, sostenemos que esta incapacidad para desarrollar la empatía en un contexto bélico no es un fenómeno que pueda reducirse a las emociones individuales; por el contrario, ha sido causado por un entramado institucional, sobre todo militar y jurídico, que ha establecido condiciones que imposibilitan la noción -concreta o simbólica- de un espacio compartido, al igual que la falta  de un lenguaje común para imaginar, nombrar y describir una realidad no violenta.

Estas condiciones fomentadas o establecidas desde el Estado, y que han sido aprobadas por los procedimientos democráticos formales (lo cual complica criticar su carácter autoritario y violento) también han producido el escepticismo mayoritario hacia los derechos humanos. Desde hace 14 años es común escuchar que los derechos humanos son un estorbo para la impartición de justicia (recordemos cuando Felipe Calderón expresó en twitter su disgusto por el debido proceso) y, por lo tanto, aquellas personas señaladas como criminales deberían ser objetos de castigos crueles y desproporcionados y su presencia en la sociedad borrada.

Lo extraño del escepticismo hacia los derechos humanos es que no sólo se enfoca en la obliteración del criminal; también sirve para estigmatizar a las víctimas y reprocharles su existencia. Los movimientos organizados de víctimas en este país han acompañado el clamor de justicia con la exigencia de que se modifique la estrategia de la guerra contra las drogas y el combate a la inseguridad. Desde el sexenio de Felipe Calderón a la actualidad, estos movimientos han sido señalados por el Estado como un obstáculo para lograr la paz. Incluso, a veces son señalados como grupos cuya finalidad es la mera desestabilización del gobierno.

De esta manera el Estado ha llevado a cabo un doble proceso de deshumanización. Por un lado, mediante sus instituciones democráticas, aprobó reformas constitucionales y leyes que establecen el encarcelamiento masivo (es decir, el aislamiento social de a quien se le considera criminal) o la omnipresencia de las fuerzas armadas en las calles (es decir, la pérdida del espacio en común) como únicas soluciones a la violencia. Por otro, no reconoce a las víctimas organizadas como voces legítimas en un conflicto en el que ellas son o deberían ser las protagonistas. Ante este escenario, es imposible que los derechos humanos se vuelvan un lenguaje compartido o una perspectiva en común con base en la cual podamos entendernos colectivamente como sociedad.

Cuando el Estado deliberadamente busca que no existan condiciones para la empatía, inadvertidamente se ara un suelo fértil para el odio y el miedo. Un antídoto a esta situación es el lenguaje de los derechos. La solución al problema de la violencia en México es sumamente compleja. En ACTO no pretendemos tener la respuesta a todas las interrogantes, pero sabemos desde dónde podemos abonar a la discusión: pensar formas en las que podemos reestablecer las condiciones históricas, sociales y culturales que fomenten la empatía y la solidaridad.

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